Eduardo Coma en Jazz Time Magazine

El jueves 10 de Mayo tenemos invitado en Jazz Time Magazine al virtuoso violinista de origen cubano Eduardo Coma, charlaremos sobre su trayectoria, presentaremos su nuevo trabajo “Violingrafía” y como viene siendo habitual tendremos alguna sorpresa en el prestigioso magazine especializado de LH Radio.

Nacido en Camagüey en 1967, la música es un lenguaje presente en la vida de Eduardo desde su infancia, la genética artística de su familia materna supone un legado ineludible que se remonta al bisabuelo Manuel Hernández, pianista, poeta y pintor. Pero será su abuelo, Jorge Vega, el que dejará en los oídos vírgenes de Eduardo el ritmo acompasado de sus bongós, durante los ensayos que llevaba a cabo en la casa familiar dos veces por semana con su Septeto 1920.

Eduardo es el mediano de tres hermanos, hijo de un militar que le inculcó la disciplina y que contemplaba la música como un claro ejemplo de disipación, pero también de una madre que alentaba la vocación y corregía con criterio los primeros fraseos erráticos con el instrumento. Con siete años comienza a estudiar violín, sometiéndose a la extraordinaria exigencia del sistema de las Escuelas Provinciales de Arte, con un academicismo muy influenciado por la nutrida presencia de profesorado ruso. La máxima paterna de la perseverancia le resultará muy útil. Trabaja duro y destaca, obteniendo varios premios nacionales. Recuerda las tardes en las que pedía a su hermana que lo encerrase en uno de los cuartos de baño de la casa, su lugar preferido de ensayo, unicamente acompañado de su violín, un litro de leche y un bocadillo de tomate con sal. Ese recinto, utilizado como cuarto de castigos cuando los niños hacían alguna travesura, sería muy visitado por Eduardo, que aprovecharía la frecuencia de sus trastadas para fajarse con el instrumento.

El glamour del músico oculta los años de esfuerzo lejos de los focos. La preparación es, sin duda, el elemento que marca la diferencia en la interpretación. Como a Eduardo le gusta repetir, “el instrumento necesita de quien lo toca. Mientras más suave tocas, más camina el sonido”. No deja de ser sugerente esa idea del sonido como un caminante del aire. El gran Heifetz diría al respecto: “Si un día no practico, lo noto; si no lo hago dos días, el crítico lo nota; si no lo hago tres días, el público lo nota”.

Coma sigue la estela estética de Serguéi Rachmáninoff y Tchaikovsky, abriendo sus ojos al conocimiento de músicos que constituirán sus referencias fundamentales, cae así bajo el embrujo de violinistas legendarios como los Oistrach (David e Igor), Itzhak Perlman, Jascha Heifetz (del que recuerda su práctica del ping-pong como medio de esparcimiento, pero también como ejercicio para ganar flexibilidad en la muñeca derecha). Posteriormente, su investigación sensorial lo llevará a sus primeros escarceos con el jazz.

Su referencia inicial en el estilo será Jean Luc Ponti con su “Cosmic Messenger”. Después la propuesta de maridaje de los dos mundos ,clásica y jazz, de Stéphane Grappelli y Yehudi Menuhim acabará por disipar la ancestral reticencia de los intérpretes clásicos respecto a otras disciplinas, producto del descrédito interesado de la música popular. La natural receptividad de Eduardo y su historia emocional con la música tradicional cubana (la Contradanza, el Son, la Guajira o el Danzón), le dejarán un poso de inquietud y apertura a otras músicas que marcará toda su carrera. Finaliza sus estudios en el Instituto Superior de Arte de La Habana, donde tiene la ocasión de disfrutar de un fabuloso cuadro de profesores. Pronto comienza a impartir clases como profesor de violín en las Escuelas Vocacionales de Arte de Guantánamo y Camagüey. Es concertino en la Orquesta Sinfónica de Camagüey hasta 1992, año en el que gana una plaza de primer violín en la Camerata Brindis de Salas de La Habana. Esta orquesta reunía en su plantel a lo más granado de los músicos cubanos de Clásica, muchos de ellos egresados por universidades rusas. Posteriormente, ingresa en la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, con la que viajará a España en 1994.

El contacto inicial con el España lo afincará inicialmente en Granada. Allí trabajará como profesor de violín en la Academia de Música Amatti, dirigida por Yehudi Menuhim. Pero Granada será también el lugar que le permitirá entrar en contacto con el Flamenco, por el que se sentirá atraído de inmediato. Forma una entente con el guitarrista Miguel Angel Cortés (músico de referencia de Carmen Linares), con el que colaborará y tendrá ocasión de empaparse de esa cultura distante del academicismo, pero tan libre como ortodoxa. Le fascinará el respeto antiguo de los flamencos y se sentirá retado por la ausencia de partituras.

Llega a Galicia en el año 1996, donde continúa con su actividad académica y descubre el mundo de la Música Tradicional Gallega y el Folk. En 1998 se incorpora como violinista al grupo gallego Luar na Lubre, referente en el circuito folk internacional, con el que graba seis discos para la multinacional Warner y gana seis Premios Nacionales de la Música. La experiencia fascinante con el grupo de Bieito Romero le lleva a girar por más de 25 países y adquirir el dominio de un nuevo estilo y una nueva alma.

De todas formas, la nostalgia invade a Eduardo, escucha casi obsesivamente el Concierto para Piano número 2 de Rachamáninov, en el que identifica la lejanía, la distancia con su tierra. Lleva un tiempo dándole vueltas a la creación de un grupo de cuerda que prepare un repertorio clásico de compositores cubanos. La sombra de Ernesto Lecuona, Ignacio Cervantes, Manuel Corona y tantos otros autores maravillosos bulle en una mente felizmente contaminada por todos estos años de contacto con sones diferentes, mares confluyentes en el gran océano de la música.

El resultado es la creación en 2008 del Quinteto Cimarrón con otros cuatro fantásticos músicos cubanos afincados en Galicia, el formato de dos violines, viola, violonchelo y contrabajo les dota de una flexibilidad que permite abarcar interpretaciones vibrantes, sorprendentes por su frescura y calidez. Gracias al contacto con su amigo de la infancia Eduardo Cana Flores, recupera partituras de uno de sus grandes referentes, el maestro Orestes Urfé. Alumno distinguido de Sergei Koussevitzky y primer contrabajista de la Filarmónica de Boston, Urfé había sido ese inolvidable profesor de Coma y Cana en La Habana, del que habían recibido conocimientos, cariño y grandes consejos sobre la interpretación musical y la necesidad de ser constantes: “Equivócate. No importa. En tu vida hay otro compás esperando”. Este reencuentro tendrá un papel determinante en la grabación del primer álbum del Quinteto, que incluirá “Guajira en miniatura”, la hermosa composición que Cana dedicó a su hijo.

En 2012 tiene lugar el encuentro entre Eduardo y Paquito D´Rivera. Eduardo sabe que el Maestro va a visitar Galicia y acude emocionado para conocerlo, es consciente de la dimensión de D´Rivera, su sombra es alargadísima, el propio Chucho Valdés lo considera el más grande músico con el que ha actuado. Sabe de qué habla. Lo conoce desde los tiempos de la Orquesta Cubana de Música Moderna y de Irakere. Paquito D´Rivera es una referencia básica en la difusión de la música cubana y su interacción con nuevos espacios como la música clásica o el jazz. Dentro del Latin Jazz, es una figura icónica. El Quinteto Cimarrón prepara una sorpresa, interpretando dos temas emblemáticos del repertorio cubano: “Longina” y “La Comparsa”. Los clásicos de Manuel Corona y Ernesto Lecuona desatan la emoción de Paquito, que queda fascinado por el efecto vibrante y la hermosura que son capaces de generar las cuerdas de Eduardo y los suyos. El resto es historia. Vendrán las giras, el disco “Aires Tropicales” ,para cuya grabación Paquito se desplazará a A Coruña, y las actuaciones conjuntas en el Lincoln Center de Nueva York.

Eduardo siente de inmediato la proximidad del Maestro, Paquito D´Rivera es un hombre de gran elegancia, que le devuelve a esa “cubanía” en el sentir, en el decir, que tanto le recuerda el señorío de los mayores en la isla. La decencia en el andar por la vida. Le fascina su generosidad, la enorme humildad que demuestra. No deja de comentar que en el primer ensayo conjunto con el Quinteto, Paquito es el primero en fallar. Una nota falsa, un fallo estratégico. Un detalle del Maestro para derretir el hielo, consciente del peso que su figura supone para los cinco hombres que lo observan en silencio, nerviosos, superados por el pavor escénico.

Eduardo Coma pertenece a esa generación de músicos cubanos que no han tenido fácil ganar visibilidad. La grandeza de la generación de Valdés, el propio Paquito D´Rivera o Sandoval les ha precedido y, cuando su momento parecía llegar, el fenómeno mundial desatado por Buenavista Social Club y Ry Cooder descubrió para el gran público una maravillosa generación de músicos populares cubanos que hasta entonces había vivido sumida en la oscuridad. Omara Portuondo, Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Elíades Ochoa, Pío Leyva, Puntillita… merecidamente acapararon la atención de la industria y los medios. Un reconocimiento que restó atención a la fantástica generación de los nacidos a finales de los sesenta del pasado siglo.

 

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